Era un día como cualquier otro, y Ramona salió a caminar por la calle
como de costumbre. Llevó consigo a Rosa, Azucena, y Dolores.
Ellas nunca la abandonaban.
Todos la tomaban por loca, pero Ramona era la más cuerda del barrio.
No intentaba pretender, ni simular, no conocia la palabra pudor, ni
represión. No buscaba pertencer ni encajar. Simplemente ERA.
Pero claro, en el pueblo en el que vivia no se acostumbraba a tratar con
gente como Ramona. De espíritu libre, sincera, y gozante de un matiz claroscuro
como quien sabe conectarse con la dualidad de la vida. Es decir, no era
histéricamente feliz, ni deprimentemente depresiva.
Hoy se había levantado con rayos. Es decir, hoy estaba felíz. Y cuando
decidió salir, se vistió de rosa. Sacó a pasear su ser liviano, y lo llevó con
orgullo. De sus pies se desprendian alas y su andar era volátil. Quienes se la
cruzaban no podian no parar a mirarla. Había algo luminoso en ella que llamaba
la atención y hacía que los transeúntes con dejo de envidia (para no
aceptar que se maravillaban) no pudieran evadir su presencia.
Ramona hace rato había perdido la vergüenza en este pueblo que tanto la
había coartado. Hace rato había entendido el juego y sus reglas y había
decidido jugarlo.
Sin embargo, en este pueblo eran pocos, para ser generoso, quienes lo
jugaban con ella. Es por esta razón, que deambulaba por la calle sin rumbo,
para gozar del sol, del aire y de la energía vital que danzaba junto a ella. El
pueblo no pod;ia percibirla, para su fortuna, asi que sola la inspiraba.
Fue entonces que pensamiento tras pensamiento, y como quien recibe un
golpe del más alla, su ser se colmó de pesadez. Dejó el vestido rosa, y
vinieron tras ella los dolores. Esos que te atacan sin previo aviso y
desconsideradamente. Así la sorprendieron y la invadieron. Pero Ramona los dejó
ser, se vió inundada de una angustia inmensa, y esa misma calle perdió su
brillo. Sin embargo, no luchó, sino que los abrazó y se unió a su bando. Esos
dolores la transformaban por completo, su mirada se apagaba y esos mismos rayos
permanecían intactos, pero desprendiendo todo esta tristeza que se arraiga al
alma por verse a uno nadando en este mar caótico de desesperanza. Así siguió su
rumbo, pero esta vez el deambular la desorientó, éste ya no tenia el sentido
del sinsentido, sino que la aterrorizaba y perdía. Ésta misma gente esta vez no
la miraba, la oscuridad que la invadía emanaba un misterio que quienes se la
cruzaban preferian evitar. Verla era como enfrentarse cara a cara con el negro
infinito de la tormenta, y los asustaba, ellos la preferían vestida de rosa.
Este estado les generaba angustia y temor. Sin embargo Ramona lo llevaba sin
problema, sin intentar desprenderse o desentenderse, se hacía cargo y así lo
vestia enteramente. Llevaba sus dolores a flor de piel, y esto no le daba
miedo. Lloraba como reía y sufría como gozaba.
Así caminó entonces vestida de dolores, oscura, intensa y desprendiendo
esta angustia a cada paso.
Ésta vez, fue otra flecha la que la levantó. Sólo esta mirada que tenía en
ella un poder embriagador logró despertar a Azucena de esta pesadilla. Eran los
ojos negros de Alfonso que iluminaban su alma y la hacían explotar. Azucena
encarnaba el alma insaciable de amor que Ramona tenía dentro. Porque Ramona era
una romántica perdida, pero eran solo estos ojos quienes podían sacudirla, y
era Azucena quien salía a dar batalla y degustarlo. Estos ojos profundos que la
penetraban y daban con ese punto exacto en donde dos almas se encuentran. Y era
solo con Alfonso con quien realmente sucedía la magia. Mirarlo era leerlo
entero, desnudarlo, y así igual cuando él la miraba a ella. Cuando se
encontraban el lenguaje del habla no les bastaba, no los saciaba, los
encasillaba. Había algo más allá, mucho más allá, y más fuerte que las palabras,
a las que hace tiempo habían abandonado entendiendo que con estas no lograban
comunicarse. Había otro tipo de comunicación entre ellos que superaba cualquier
abecedario, se amaban en secreto y a los gritos, se amaban desde adentro, y
hacia fuera.
Él jugaba el mismo juego, él la entendía más que nadie, y ella se perdía
con mirarlo.
Azucena salía seductora en busca del encuentro, sacaba a relucir toda
esa belleza que la contenía, impulsada por lo que sentía, y estimulada por una
fuerza mayor que se le presentaba cada vez que con esta presencia se
encontraba. Era tranquila y mantenía una paz admirable. El contacto de estas
dos almas contenía todo el equilibrio, era un puente que empezaba en ella y
terminaba en él, y los dos disfrutaban de cruzarlo. De un lado a otro lo
caminaban, lo transitaban y descansaban gustosos al llegar al otro lado. En el
medio se encontraban y se dedicaban canciones.
Esta era Ramona, libre y entera. Viviendo cada momento con presente e
intensidad. En el pueblo creen que esta loca por esta capacidad que tiene de
mostrarse desnuda ante la vida, sin miedos, ni pudores, sin barreras, o
limitaciones. Ramona llora, rie y cuando se enamora se entrega. Otras veces
sale en compañía de otras. No tiene preferencias, sólo acepta su naturaleza y la
lleva sin problemas. En el barrio creen que está loca, pero es las más cuerda
de todas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario