martes, 26 de junio de 2012

Los testigos


Jacinta no se destacaba por su devoción católica. Ni cerca.
Había dejado de creer hace tiempo, y no solo eso, sino que se dedicaba a refutar y contradecir todo tipo de argumento que incluyera la palabra fe, jesus, la virgen y pecado. Un poco por diversión, otro poco por verdadera creencia.
Lugar en donde se hablaba de religión, lugar donde Jacinta estaría eufórica declamando volver a la verdadera naturaleza del hombre, camino que no encontraba en el catolicismo ni en ninguna otra corriente religiosa.
Cielo o infierno, bien o mal, mi cruz, tu cruz, nuestras cruces…
Donde no hay más respuestas hay fé…
Mentiras que la habían cansado y que hoy al escucharlas despertaban al mounstro que habitaba adentro de ella.
En fin. Jacinta vivía alegremente sin la mochila de la fe, las cruces y sus primas.

Un día descansando entre las quebradas de Jujuy, decidió viajar por el día a un pueblo cercano y tuvo la suerte – o no- de encontrar una cálida familia que la llevaria en su auto.
Madre, Padre e hijo y Jacinta viajaban en un fiat.  

Lindos paisajes, lindos colores, lindo aire… aire de Norte, y aire de quien no sabe donde se metió.
Esta cálida familia comenzó a interesarse, como cualquiera que lleva a una extraña en su auto, en la vida de Jacinta.
Pregunta va, pregunta viene, cosas cotidianes nomás, estudios, trabajo, familia… y pum… la pregunta… ¿crees en Dios?

-Si… si, creo en Dios? Ehm… bueno… es algo que no tengo muy definido todavía…

Y la puerta de bienvenida a estas tres personas, que con pitos y trompetas decidieron entrar.

No hace falta enunciar con exactitud el dialogo que en ese auto se sostuvo.
Devotos y más papistas que el papa, frase que me divierte mucho, estos tres testigos de alguien llamado Jheova, que ya no se si es Jesus, el primo o el hermano, atacaron a la pobre Jacinta con citas que poco le importaban. Trajeron a Juan, a Pedro y algunos mas que ella alguna vez había escuchado nombrar, y a la perfección recitaron unas lindas frases aprendidas de memoria que hablan de la vida, la muerte, el pecado y sus hermanas.
Por adentro, sus pilares temblaban.

-Tendrán razón… con todo lo que dicen, tantos número, nombres…

De esas personas que tienen mucha cháchara encima y son capaces de convencer al más escéptico.
Pero pronto volvió en sí y se repitió en silencio, Jacinta no caigas, no caigas, son charlatanes, vos no crees en esto, NO crees en esto… se fuerte, sonreí, asentí, y dales el gusto...
Fue tan así, que terminó por darle su mail a la mujer que en una gran improvisación que duró cuarenta minutos le había dado semejante lección. La había himnotizado, y ella débil ante los encantos de esta señora que tanto ímpetu le había puesto a la charla, no pudo decir que no.

-Claro, tomá….
Escribilo mal, escribilo mal…. No, que hacés, no, no!!! No lo pongas… nooo… ese es el verdadero!!

Muy tarde… su mail estaba escrito a la perfección en el papel que ahora entregaba a la copiloto.

Al parecer nunca más la contactaron…
Quizá ese papel se perdió… quizá no vieron en ella una joven digna de sus enseñanzas morales y religiosas… por fortuna de Jacinta diría yo…

Lo que sí, Jacinta llego a destino, y con una linda historia en el bolsillo.

Hay quienes dicen que los encuentros no son casuales…
La realidad es que Jacinta sigue siendo la misma de siempre, y estas tres personas son para ella un recuerdo… una obra de teatro. 

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