lunes, 2 de julio de 2012

Dos en la ciudad


Ella llevaba su jean gastado y un buzo, simple como siempre.
Él sus anteojos de marco negro.
Se vieron, se sonrieron y el tiempo y la distancia se dilataron en un segundo. Se sentaron. Pidieron una cerveza.
 Por minutos se observaron cautelosamente para ver si el tiempo los había cambiado, y sin decir una palabra él la besó. Así quedaron atados por un tiempo que parecía eternizarse.
Él quiso preguntar algo, pero ella con una mirada lo silenció. No era el momento. No ahora. Por favor. No ahora. Disfrutemos, decían sus ojos. No te vayas, suplicaban los de él.
Se separaron, y esa magia romántica los mantuvo magnetizados. De fondo un partido de futbol y una voz que eufórica relataba un gol.
Más acá, el silencio profundo, tiempo congelado en un beso. Ambos tomaron de su vaso sin despegar la mirada del otro. Un fino hilo como un puente corría de uno a otro.
Otro beso. Esta vez de los labios de ella. El frío de la bebida los sacudió. Minutos infinitos. Otro gol en la pantalla.
Sin decir una palabra se pararon dejando sus botellas a medio tomar. Ella lo siguió y antes de siquiera salir otro beso los imantó. Esta vez más brusco, más desesperado, más necesitado. Ella tomó su mano.
-Hola
-Hola
Se miraron a punto de agonizar.
Él quería hacer mil preguntas. Esta vez era él. Pero la urgencia, la urgencia y esos amenazantes ojos no lo dejaban.
Caminaron como suspendidos unas cuadras hasta llegar a una puerta donde se detuvieron.
Él la sostuvo de la cintura con miedo a que escapara y desapareciera y la besó.
Una lágrima corrió por su mejilla mientras él la sostenía.
De vuelta esos ojos violentos que lo callaban.
Acorralados por sus miedos, hipnotizados, cegados, subieron.
La noche cayendo detrás, y la luna que buscaba su lugar entre nubes. La luna que asomaba con su brillo e iluminaba el cuarto a través de la ventana.
No podían más que mirarse, como si no creyeran en el momento. Minutos. Minutos. Y sus ojos. Solo sus ojos.
-Ya había dejado de esperarte.
Ella se acerco y lo acarició. Con una suave caricia lo tuvo entero. Y suave fue la brisa que celosa entró.
La tomó y volvió a besarla. El contacto con sus labios lo perdió, y creyó entender la vida y la existencia en ese instante. Solo en ese instante en que sus labios fueron uno. Sus cuerpos buscaban fundirse, empalagarse. Y todo era la nada. Insaciables, enloquecidos. Se elevaron y trascendieron todo suelo. Se dejaron vencer por el delirio y se volcaron en el otro.

El sol de la mañana se mezclaba entre las sabanas. Dio media vuelta y busco sus ojos. Pero en su lugar una nota. Un papel escrito con el dolor de la partida. Leyó.
-No puedo.
Desahuciado, entre perdido y aterrado se mantuvo en silencio, sosteniendo la nota. Repitiendo esas palabras para sí, viendo si al nombrarlas podía cambiarlas, o al menos entenderlas. No puedo. No puedo. No puedo.
Miró por la ventana, a ver si alcanzaba a ver sus pasos. Al acercarse solo vió el vacío del domingo en las calles, y un silencio aterrador que lo aturdió.
No puedo… no puedo… no puedo…
-Miedo a la felicidad. Miedo a sentirte viva. Parece que el tiempo no lo cambió. No podés. No querés.
Gritó por la ventana pensando que quizá lo escucharía.
-Miedo a la felicidad. No podés. No podés… nunca pudiste.
Lloró como un niño, y como un niño se envolvió en las sábanas deseando encontrar escondidas entre ellas su mano, sus labios, sus ojos.
-No podés.

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